Crítica | Sobre “Carrión”, de Antonio Daganzo

Por EMILIO GONZÁLEZ MARTÍNEZ

Quisiera, para comenzar y a modo de epígrafe, traer un párrafo de la novela que me pareció sumamente significativo para esbozar lo que a muchos de los personajes -en mayor o menor medida- les ocurre: “Y es aquí donde surge la contradicción lamentable de haber decidido actuar para luego no actuar en absoluto, con la esperanza, no obstante, de que unas   circunstancias de vapor o sueño dibujen la perspectiva que ayude a llevar las cosas a su fin.”

Carrión -cuyas primeras notas fueron tomadas por el autor en torno a sus 23 años de edad; notas que acabaron conformando felizmente esta inaugural novela- es una obra bellamente tramada entre dos historias que -con décadas de por medio- finalmente precipitan hacia una resolución, aunque, a veces, cuando el novelista dormía, el poeta se adueñaba del teclado y así, de contrabando, nos dejó muestras indudables de su primoroso arte. Otras noches era el amante de la música quien dirigía la orquesta de personajes, imprimiendo en sus voces ritmos de zarzuela o notas del prodigioso Gurrelieder de Schönberg. Quiero recordar que Antonio Daganzo, además de poeta, es un extraordinario conocedor y divulgador de los clásicos de la música y, para muestra, ahí está su indispensable ensayo: Clásicos a contratiempo, publicado también por Ediciones Vitruvio.

Hay un cruce entre las vicisitudes sentimentales, románticas, de los personajes, y un suspense que impide al lector siquiera imaginar cómo va a terminar, pese a que el autor va dejando pistas aquí y allá. Y, por otra parte, hay una repetición que no es “lo mismo otra vez” sino que hace buena aquella afirmación según la cual “en la repetición está la diferencia”, ya que el tiempo, los tiempos, hacen su trabajo produciendo una tensión latente y presente en cada renglón. Ese amo despiadado e imparable que es el tiempo sucesivo, cronológico, se ve atravesado por otros tiempos tejidos por lo que los personajes elucubran y se dicen o no, pero también por lo que las palabras se dicen entre sí y que cruza nuestra lectura en todo momento.

Rosendo, María y el protagonista, Juan Lucas, son nombres propios alrededor de los cuales giran, se mueven, desfallecen, suspiran, se exaltan, los demás personajes que el narrador, con vocación de orfebre, va construyendo con la atenta minuciosidad de un arquitecto de almas cuyo camino es tan incierto como inexorable su rumbo.

Siempre frente a una novela aparece la pregunta acerca de hasta qué punto en ella se ha “colado” algo de la biografía del autor. Aquí es preciso que recuerde cierta anécdota trágica confesada por Daganzo durante las diversas presentaciones de Carrión: la imposibilidad del encuentro con un fascinante antepasado –Rosendo, de nombre-, fallecido en el peor accidente de la historia ferroviaria de España, el de Torre del Bierzo, León, del 3 de enero de 1944. Pues bien, en la novela, la ficción permite al autor salvar a Rosendo, tío abuelo del protagonista, de un accidente de ferrocarril en el que muere uno de sus hermanos. Esta vez Rosendo llega a destino.

A destino, sin embargo, no pudo llegar en cuanto al amor, ya que siendo muy joven persiguió, enamorado, a la primera María –“la de orillas del Carrión”- que se perdió entre la niebla de las callejuelas de Palencia; por otro lado, maravillosamente descritas hasta en los cambios de sus nombres que, con el tiempo, trajo la democracia. Será Juan Lucas, décadas después, quien, por los caprichos del azar, emprenda una relación, plena de altibajos, y hasta cierto punto vicaria de aquella que su tío abuelo Rosendo no pudo consumar con la primera María.

Esta no es la única situación en Carrión en la que aparecen encuentros, amores frustrados, aunque mantenidos con fogosa y secreta fidelidad en el fondo del corazón de algunos de los personajes.

Asoman también en algunas escenas, y de soslayo, pinceladas del clima de confusión política y enfrentamiento, tanto en una primera época inserta en plena dictadura, como en tiempos posteriores en los cuales la dignidad y las convicciones democráticas se oponen a la recalcitrante nostalgia de aquella oscurísima etapa de la historia de España. Todo ello, hay que decirlo, de una manera nada panfletaria, sino con la sutil delicadeza que nuestro autor destila en toda la obra.

Para ir terminando, quisiera remarcar que, así como dije en renglones anteriores que en esta novela devienen historias de dos épocas que confluyen hacia una resolución, si atendemos a las aventuras emocionales que atraviesan la vida de Juan Lucas, en él convergen -hacia el final- trabajosa aunque felizmente las corrientes del amor y el deseo.

Tras esta panorámica, ahora corresponde a los lectores atar los cabos entre la intención estética y el trasfondo emocional que anida en Carrión, mientras recorren las delicias escriturales que Antonio Daganzo nos ha regalado en estas páginas.


Antonio Daganzo
Carrión
447 págs.

De Jaque Libros (Vitruvio). Madrid, 2017