Relato | “El poeta”, un cuento de Rosario Delicado Méndez

El pasado 21 de octubre, en la librería madrileña La Sombra se presentó el libro de narraciones cortas El poeta y otros relatos  (Editorial Carena), de la escritora Rosario Delicado Méndez.  Fue presentado, tras una intervención de una representante de la editorial, por Pilar Cavero,  que hizo un análisis de cada uno de los relatos y de los personajes, destacando lo más importante ; la autora, metafóricamente, comparó los relatos con las teselas de un mosaico, que son, según ella, las cualidades que brillan en cada persona;   algunos de los asistentes leyeron párrafos significativos  de determinados relatos. Publicamos en Acescritores.com una de las más significativas piezas del libro, al que da título.

EL POETA, de Charo Delicado Méndez

Aquella mañana, el  poeta se levantó recitando un breve poema que le estaba rondando desde la tarde anterior y antes de registrarlo en su ordenador lo repitió en voz alta para no olvidarlo:

No sé por qué el amor no vuelve
Cuando es ya el final de la primavera
(…)
Cuando se paran los vientos
y está caliente y morada
la tierra
y son de plata los ríos.
(…)
…………………

Su memoria, de vez en cuando ya le fallaba, le traicionaba, pero él salía al encuentro de esos lapsus, anotando aquella idea, aquel poema que surgía en ese momento, en cualquier papel, no sin antes haberlo fijado antes en su cerebro.

Cuando salía a la calle, lo hacía tranquilo, sin prisa, él sabía que contaba con todo el tiempo del mundo, nadie se lo podía arrebatar, ni siquiera un poema. Su andar ya algo inseguro y vacilante, porque según él, era debido a “la borrachera de Dios”, lo controlaba clavando sus ojos y su bastón en el asfalto. Los semáforos de la calzada eran sus mejores aliados, sabía ya los segundos que tardaba en atravesarlos.

Su figura, incluso de lejos, era inconfundible: no muy alto, con gafas de intelectual, más bien redondas y de pasta negra; un gabán  color oscuro y largo y en el cuello su bufanda o un pañuelo, de lana o seda y, todo  eso le daba más volumen a su cuerpo. Siempre con un sombrero marrón y más bien pequeño, con el que disimulaba su calva, consiguiendo así un cierto aire juvenil, era coqueto;  sus zapatos grandes, pero siempre limpios y brillantes y su pisada abierta, buscando mayor estabilidad al andar, pero sin abandonar aquella imagen, aquel paso elegante de un caballero de principios del siglo XX.

Avanzaba, una vez ya en la acera, casi pegado a la pared de los edificios, porque eso le daba seguridad. De vez en cuando, simulando que quería observar algún objeto del escaparate, se paraba, las fuerzas le abandonaban o la respiración le impedía avanzar. Parecía que era poco observador, que iba distraído, que no se fijaba en los transeúntes con los que se cruzaba, pero no era exactamente así. Se quejaba, comentaba, con el que en ese  momento le acompañaba, porque como él decía “yo ya necesito un lazarillo”, de la tristeza, de la pobreza de la gente del barrio;  rumanos, negros, o de cualquier mendigo. El barrio era modesto, sencillo, trabajador y con muchos emigrantes pero el poeta, se encontraba a gusto en él. Los animales le atraían especialmente, los consideraba más inteligentes que los hombres. Su gato negro, como el azabache y con los ojos amarillos, según él, le daba la razón.

Por otra parte su cabeza, su imaginación, no descansaba. En su paso lento seguía buscando cómo continuar, cómo encontrar el tono al poema que, de buena mañana, había elaborado en su mente. De repente se paró, mirando la línea longitudinal de la calle, en la parte alta de los edificios, ya acariciados por los primeros rayos del sol y añadió:

Dónde estará
la muchacha pálida
de aquella tarde

Y…acordándose de que en Madrid, en invierno, también hace frío, agregó espontáneo al poema:                       

Tengo helados los pies
dijo ella (la muchacha pálida del poema)

……………………

Así el poeta, el maestro, como le llamaban todos, seguía ejercitando su memoria, su trabajo de poeta, de pensador:

Sé que el Paraíso es el verano indio
cuando las muchachas salen desnudas
bajo el poncho
y hay árboles rojos en el bosque
los peces asoman vivos a los lagos
que apenas riza el viento suave.
Sé que el paraíso es estar aquí siempre
en el verano indio.
………………………….

El libro de los cambios y las hojas

La calle me gusta-decía-, es la escuela de la vida, seguramente lo había dicho antes, alguna vez. Casi se sabía de memoria los minutos que tenía que recorrer desde su portal hasta la cafetería; todos lo conocían, sabían  quién era, aunque no le dijeran nada,  pero, en más de una ocasión, alguien lo saludaba con aprecio y reconocimiento. Seguía seguro hasta la cafetería Nebraska, su última cátedra. Nunca le faltaron discípulos, admiradores de su sabiduría, de su naturalidad y espontaneidad en transmitir conocimientos; su memoria era fascinante, parecía infinita, sobre todo de su pasado. ¡Lo sé todo, lo conozco todo, porque…lo he vivido todo!, dijo en más de una ocasión. ¿Quién puede decir eso?, me preguntaba yo…Tal vez es el precio, es el regalo a una muy larga vida, privilegio, sin duda, de unos pocos.

Pero sus discípulos no eran ni quinceañeros ni treintañeros, todo lo contrario, jubilados. Antiguos profesores, catedráticos, doctores, de Universidad, tanto del país como de otras universidades extranjeras, por lo tanto el debate, el intercambio de opiniones e ideas se contrastaban a alto nivel y…poco a poco aquella reunión se convirtió en tertulia. Tertulia abierta a cualquier tema, pero él, el maestro, le daba el calor de la sabiduría, de la amenidad, e incluso, del humor. También tenía en su haber otras tantas obras en prosa: novelas, relatos, cuentos, no sin un fondo filosófico y humanístico. Así:

No podía dormir. Me asomé, para mirar la litera de abajo y, con la luz que entraba desde el exterior, vi que Audelina había caído en un suave sueño. Tenía un rostro muy sereno, y respiraba acompasadamente, como rodeada de una fragancia dulce. La amaba tanto que pensé que nunca iba a dejar que se perdiera (…)

                                                                               De Crónica de amor de un fabricante de Perfumes. Antonio Ferres..

Obras premiadas por instituciones de prestigio, públicas y  privadas, tanto en España como en otros países extranjeros; entrevistas en los periódicos de más relevancia en el país; reseñas de destacados periodistas comentando y elogiando sus obras. El Poeta daba así categoría al barrio.


Charo Delicado Méndez es Catedrática y doctora en Filología Latina. Forma parte de la Asociación de Estudios Clásicos. Publica en la revista Helmántica. Ha traducido tratados de los antiguos filósofos Cicerón y Séneca. Rosario ha publicado los relatos Cuentos de mi calle; Páginas vividas y Relatos en azul, y las novelas cortas Detrás de los visillos y La mujer traslúcida.